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    May 28

    La Veneciana - Cuarta entrega

     

    "Stormy" - Fotografía de Botikario

     

    Entretanto, golpeaba a las mujeres e interceptaba mi correspondencia. Un día la encontré examinando una de mis cartas: solía tratar de averiguar por su forma si eran o no de procedencia femenina, lamentándose de su ignorancia, por lo que empezó a estudiar el alfabeto con el propósito (así lo declaró) de abrir todas mis cartas y leer su contenido.

    No debo omitir hacer justicia a sus cualidades en el cuidado de la casa: tan pronto como la tuve haciendo las veces de donna di governo, los gastos se redujeron a menos de la mitad y todos hacían mejor su tarea; las habitaciones estaban en orden, lo mismo que todos y todo, con excepción de ella.

    Que Margarita tuviera bastante consideración para conmigo no obstante su modo silvestre de ser es algo que creo por muchas razones. Mencionaré una. Un día de otoño, yendo al Lido con mis gondoleros, nos acometió una tremenda borrasca que hizo peligrar la embarcación; los sombreros se perdieron, la góndola empezó a hacer agua, los remos se extraviaron, el mar se puso turbulento, tronaba y llovía a cántaros, mientras oscurecía y el viento soplaba más y más. A nuestro regreso, después de una denodada lucha, la encontré en las gradas abiertas del Palacio Mocenigo, en el Gran Canal, con sus inmensos ojos negros relampagueando de lágrimas y con su largo cabello oscuro empapado por la lluvia que le caía por sus pechos y el rostro. Estaba completamente expuesta a la lluvia, al tiempo que el viento le agitaba el pelo y el vestido a través de su esbelta y espigada figura, con los relámpagos relumbrando a su alrededor y las olas revolviéndose a sus pies, todo lo que la hacía parecer como Medea apeada de su carruaje, o como la Sibila en medio de una tempestad, y era la única criatura viva en ese instante con excepción de nosotros. Al verme a salvo no se aproximó a saludarme como hubiera sido de esperar, sino que me increpó: «Ah! can' della Madonna, xe esto il tempo per andar' al' Lido?» (¡Ah! Hijo de perra, ¿acaso éste es tiempo para ir al Lido?), corrió hacia la casa y se solazó regañando a los barqueros por no prever el temporale. Los criados me contaron que a Margarita solo le habían impedido subir a un bote para salir en mi búsqueda ya que ningún gondolero del Canal había querido embarcarse en un momento como ése; y fue entonces cuando ella se sentó en aquellas gradas en lo más intenso de la tormenta sin que nadie pudiera sacarla de allí ni consolarla. La dicha de volverme a ver se mezcló con su furia, antojándoseme la idea de Margarita tal si fuera una tigresa con su cachorro recobrado.

    Pero su reino estaba a punto de concluir. Algunos meses después se volvió completamente ingobernable, y una serie de quejas, muchas falsas, algunas verdaderas, (una favorita no tiene amigas), me decidió terminar con ella de una vez por todas. Le dije serenamente que debía volver a su casa (se había hecho de suficientes provisiones estando a mi servicio), pero rehusó a hacerlo. Me puse firme hasta que terminó marchándose, no sin antes amenazarme con cuchillos y su venganza. Le dije que había visto cuchillos desenfundados antes de conocerla y, que si quería empezar, había un cuchillo y también un tenedor a su disposición sobre la mesa, y que no lograría intimidarme. Al día siguiente, mientras cenaba, Margarita llegó (luego de haber quebrado el vidrio de la puerta que daba al vestíbulo del primer piso) y, avanzando sin vacilar hacia mi mesa, me arrebató el cuchillo que yo tenía en la mano, llegando a cortarme ligeramente el dedo pulgar. Si quería usarlo contra ella o contra mí, no sabría decirlo a ciencia cierta; probablemente contra ninguno de los dos. Pero el hecho fue que Fletcher la tomó de los brazos y la desarmó. Entonces llamé a mis barqueros y les dije que alistasen la góndola y la condujeran de nuevo a su casa, cuidando de que no se hiciera ningún daño durante el trayecto. Parecía del todo serena, y así descendió las escaleras. Volví a mi cena.

     

    Continuará...

    (La Veneciana - Lord Byron) 


     

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