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    April 19

    Primer viaje andaluz

     

     

    Adoptado por: Carlos

    Título: Primer viaje andaluz

    Autor: Camilo José Cela

    Editorial: Noguer S.A. Barcelona. 1977

    ISBN: 84-279-0866-0

     

    Comentario de Carlos:

    Lo cierto es que no podría decir con precisión la razón por la que este libro tiene un significado especial para mí, pero la verdad es que es así. Como puede deducirse fácilmente del año de edición, es lectura ya añeja, aunque refrescada en múltiples ocasiones. No era la primera vez que leía obras de Cela,  ya que me han acompañado siempre, desde las obligatorias lecturas estudiantiles, -la mayor parte de las cuales fueron además placenteras-, hasta novelas de “estreno” en su época. Tampoco, “sensu stricto” era la primera vez que leía libros de viajes, por lo que el deslumbramiento que me produjo esta obra, supongo que se debe a la especialísima combinación de ambos ingredientes.

     

    Aunque no tan conocida como el archifamoso “Viaje a la Alcarria”, el relato, publicado en 1959, transcurre por tierras de Jaén, Córdoba, Sevilla y Huelva y forma parte de la misma amplia saga de viajes del autor, junto a “Del Miño al Bidasoa” (con el que entronca), “Judíos, moros y cristianos”, “Cuadernos del Guadarrama” y “Viaje al Pirineo de Lérida” en la que Cela nos narra de forma semi-novelada sus andanzas (o las del vagabundo protagonista, vaya Vd. a saber) por los caminos de aquella España de los años 50. Según Cela cabe distinguir tres tipos de narración literaria de viajes: las de altura, las de cabotaje y las de profundidad. Son de altura las narraciones de viajes a lugares exóticos, al estilo del “Paris a Jerusalén” de Chateaubriand, y de profundidad los densos viajes de introspección filosófica como la “Teoría de Andalucía” de Ortega y Gasset. Nuestro autor, por el contrario, declara preferir los de cabotaje -o viajecillos según también los llama- que son los que se producen a lugares y paisajes cercanos, habituales o ya conocidos, aunque describiéndolos, claro está, desde la perspectiva del viaje o del viajero. Pero no debe creerse por ello que estas obras de viaje han de ser por ello menos interesantes o sencillas de elaborar, ya que según él mismo dice: «El viajecillo -por lo menos así lo pensamos- se nos antoja más amoroso, más cauto, más hondamente misterioso, más inequívoca y forzosamente sincero. Cuando no se sale de casa a descubrir nada, porque se van a caminar las sendas que trazaron, valle adentro o ladera arriba, muchos cientos de años de continuo descubrimiento, ha de perfilarse con cautela el rasgo de la escritura porque se va a hablar al lector de su padre y de su madre, y no de aquel tío que nunca conoció y que vive de siempre en los lagos de Tanganika, en la cordillera de los Andes o en la meseta del Tibet»

     

    Quizá sea ese genial paralelismo entre la presunta ingenuidad con que el vagabundo mira el mundo que le rodea, que contrasta vivida pero armoniosamente con la densa profundidad humana de sus observaciones, y la aparente sencillez del lenguaje empleado, pero que a su vez cabalga a lomos de una exquisita construcción sintáctica y rítmica, de manera que hay fragmentos que mas que prosa, pareciera estamos leyendo una especie de “poesía desversificada”, el que produce en el lector una profunda comprensión de los paisajes y los tipos humanos que describe el autor, tierna, y suavemente humorística. Un perfecto equilibrio conceptual y estilístico que proporciona un placer de lectura como solo un gigante de la literatura puede ofrecer. Mil pasajes podrían entresacarse de este texto, pues como queda dicho es una entera delicia todo él, pero cojamos una casi al azar, en este caso sobre el escudo de Sevilla:

     

    Como aún tiene algún tiempo, el vagabundo se acerca hasta el río a ver pasar el agua, que siempre es tan aleccionador y provechoso, y a considerar algunas particularidades de Sevilla. […]En el escudo de Sevilla y en no pocas de sus históricas piedras, el vagabundo vio las dos letras del NO separadas de las dos del DO por un signo mismamente semejante a un gran 8. Según las explicaciones de Gregorio Morales, “Finito”, amigo del “Chato de las escuelas pías” y hombre culto y de lógicas consecuencias, el 8 no es un 8 sino una madeja que leída con lo que va antes y lo que viene después dice: “no ma dejado”, frase que por lo visto pronunció Alfonso el Sabio en alabanza de las lealtades de la ciudad…”

     

     

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